Un niño con TEA en la escuela infantil

niño con TEA en la escuela infantil

Para mí, la guardería era una opción que jamás me quise plantear cuando nació mi primera hija. No veía ningún beneficio en separarme de ella a los 4 meses, tras la baja de maternidad, para que cualquier adulto desconocido la criara en grupo junto a otros bebés. En mi mente sólo veía una situación de abandono, de criatura desvalida, expuesta a contagios, sin sus necesidades básicas cubiertas de la mejor manera, luchando por la atención de una cuidadora que estaría desbordada y que, aunque fuese la persona más amorosa del mundo, debería repartirse entre muchos otros bebés. Cuando obtuvimos el diagnóstico en firme de TEA de mi segundo hijo a los 2 años, nos recomendaron escolarizarlo de forma temprana para que mejorara sus habilidades sociales. A mí me parecía una locura: si no hablaba, si no era capaz de demandar nada, ni de transmitir sus necesidades, ni lo que le gustaba o no, ni si le dolía algo, si pasaba bastante de otros niños y adultos, si no se interesaba por jugar ni siquiera con su hermana, que tenía plena disposición para él ¿cómo podía ser buena meter a un niño con TEA en la escuela infantil? Pues en estos días mi hijo empezará su segundo curso de guardería, en un centro diferente al primero, pero tras los 5 primeros meses de experiencia escolar prematura, no podemos estar más contentos de haber tomado la decisión de haber accedido a su escolarización.

Pánico a dejar a mi niño con TEA en la escuela infantil

A mis temores anti guardería que había estado incubando durante toda mi vida, ahora se unían las peculiaridades propias de este niño. Empezó el curso en marzo, ya avanzado el segundo trimestre, con 2 años y un mes exactamente, en la única escuela infantil que tenía plazas libres a esas alturas del calendario y que, por supuesto, era privada. Este fue el primer gran gasto en su proceso de aprendizaje, pero en aquel momento yo no pensaba en el dinero sino en la idoneidad o no de matricular a un niño con TEA en la escuela infantil, en una común y corriente. Antes de ir a visitar siquiera las instalaciones, llamé al centro para hablar de su caso con la directora. Ella insistía en que había tenido más niños con autismo, pero que lo normal era que fueran detectados en el centro, no que llegaran ya con un diagnóstico siendo tan pequeños. Yo quería creerla, pero desconfiaba de todo: había pasado de no ver diferencias importantes entre mi hijo y los demás, a parecerme increíble que pudiera ir a un centro ordinario e integrarse sin complicaciones. Todo por la pésima información que nos dieron en el centro de atención temprana cuando nos lanzaron el diagnóstico a bocajarro. Como insistía tanto en “la problemática” del niño, me hicieron llevarlo el día en que acudimos toda la familia a visitar el precioso centro, y mientras lo observaba, la directora no veía dificultades insalvables. ¡Menudo alivio! Porque lo cierto es que hasta ese momento, además de las opiniones de la psicóloga y la neuropediatra no teníamos más referencias respecto a otras personas que trataran habitualmente con decenas de niños de su edad

¿Cómo procedimos a la hora de iniciar la asistencia a la escuela infantil?

Durante estos 5 meses, lo hemos llevado a clase sólo 3 horas por la mañana, de 9 a 12. Nos pareció un horario razonable para empezar, no queríamos dejarlo solo el día completo, preferíamos que siguiera comiendo y durmiendo la siesta en casa y, a la vez, él tendría un horario amplio de actividades con otros niños y otros adultos. Desde el primer momento fuimos muy sinceros con el centro: su educadora sabía de él tanto como nosotros, le comentaba todos sus avances, los puntos en los que estaba estancado, la forma en la que resultaba más beneficioso comunicarse con él, la manera de utilizar pocas palabras, de acercarse los objetos a la boca al nombrarlos, de señalarlos ella antes de dárselos para motivarlo a señalar a él… Tuvimos muchísima suerte porque el niño prácticamente se enamoró de ella desde el primer momento, hasta el punto de que cuando aún no daba besos a nadie, cada mañana le ofrecía su moflete para que ella le diera uno a él. ¡Ver para creer! El resto del personal del centro lo adoraba también, hasta el punto de decirnos habitualmente eso de que no parecía autista, sino un niño normal que no hablaba. Supongo que al tener un carácter amistoso, no ser un niño violento, no tener rabietas, poderse redireccionar bastante fácilmente, no rehuir a sus compañeros, etc. el hecho de que no se involucrara en las actividades de grupo, o que se quedara a su aire pululando por el aula mientras los otros jugaban de forma dirigida, no resultaba un problema para su gestión dentro de la escuela.

¿Y si no aprende? ¿Y si simplemente lo tienen vigilado pero no lo motivan lo suficiente?

Este miedo empezó a aparecer más adelante. Los meses pasaban, el niño iba feliz a la escuela infantil, hasta el punto de que cuando yo iba a recogerlo nunca venía lanzado para escapar de allí, sino que me cogía de la mano para que yo me metiera con él en el arenero, o me pusiera a jugar a la cocinita. Sin embargo, a través de una app de guarderías nos hacían llegar un informe diario de las actividades que había hecho ese día, la cantidad de desayuno que había tomado e incluían algunas fotos de los niños. Ahí comencé a ver diferencias evidentes: si estaban todos en corro cantando una canción, el mío aparecía de fondo, de pie, mirando al grupo; si estaban reunidos leyendo un cuento, el mío aparecía junto a la pared haciendo rodar un coche; si experimentaban estampando con pintura todos juntos, el mío hacía la actividad pero a solas, cuando el resto había acabado. Era consciente de que motivarlo a él requería un esfuerzo adicional, y que la maestra no podía dedicar toda la mañana a perseguirlo por el aula, hacerle especialmente atractivas todas las actividades y conseguir que se uniera al grupo. De hecho, solía unirse, pero con retraso, con lo cual, hablando de niños de 2 años que juegan 10 minutos con plastilina, escuchan una historia durante 10 minutos, o montan bloques de construcción otros 10, tenía como consecuencia que al mío se le pasaran las oportunidades mientras vigilaba desde la distancia lo que hacían los demás. Sin embargo, esto también fu mejorando. El último mes de su primer año de escuela infantil ya aparecía rodeado de niños en muchas más fotos, se le veía coloreando junto a otros, escribiendo en la pizarra con sus compañeros, disfrutando de la piscina de verano con los demás. Poco a poco dejó de estar tan apartado y fue incorporándose al ritmo de la clase.

Dejarle ir a la escuela infantil es una de las mejores decisiones que hemos tomado desde que sabemos que es autista. Personalmente, me ha costado mucho más a mí dar el paso, porque él ha ido feliz desde el primer momento. Tuvo un periodo de adaptación de lo más normal según nos contaron en el centro; no se produjo ninguna regresión; no se volvió más irritable; ni se le desajustó el sueño ni las ganas de comer; ni notamos ningún empeoramiento que pudiera estar relacionado con la guardería. Y en cambio, sí le ha servido para interesarse más por otros niños y adultos, para tener un poquito más de paciencia a la hora de respetar los turnos, chapurrear sus primeras palabras, llamar la atención de los adultos de nuevas maneras, comenzar a señalar, tararear canciones, mejorar su autonomía (lavado de manos, higiene, beber de un vaso normal)…

Confiamos en que el cambio de centro no trastoque tanta felicidad, y creemos que ha sido una decisión muy acertada para que cuando llegue el momento de pasar al colegio conozca cómo es el ambiente escolar y ya tenga muchas herramientas aprendidas para comprender cómo es la vida en este espacio. ¿Qué tal fue la experiencia de vuestros peques con TEA al iniciarse en la escuela por primera vez?

6 comentarios en “Un niño con TEA en la escuela infantil

  • Esther

    No me puedo sentir mas identificada. Nos paso lo mismo. Yo con mucho miedo y rechazo a la escuela infantil y le fue genial. Ahora nos toca la escuela de «mayores» vuelvo a tener los mismos miedos pero confio mucho en ella y en la escuela que hemos escogido.

    • mihijocontea

      ¡Qué bien! Yo no quería ser la madre que se interpusiera en los avances del niño, pero el tema de alejarlo tan pronto me daba pánico. A ver qué tal retoma el hábito la próxima semana.

  • Montse

    Que bien me ha venido leerte!!
    En una semana mi chikitin empieza el último año de guarde. Aún no está diagnósticado de TEA pero ya llevamos un mes en estimulación temprana (CDIAP) y bueno….empiezo a notar diferencias entre el y los niños de su alrededor entre otras cosas…
    Con mucha confusión si es lo mejor para él llevarlo a la guardería o quedarse conmigo en casa. Hasta que no te he leído no había pensado yo en lo beneficiodo de esto así que gracias por esta página y gracias por ser como eres !
    Hace tiempo que te sigo y me encantas tu y tus bichitos

    • mihijocontea

      La duda es lo peor, porque son tan pequeños aún… En nuestro caso te aseguro que ha sido muy beneficioso, y por eso no hemos dudado en seguir haciendo el esfuerzo de llevarlo en este segundo curso. En cuestión de hábitos, de comprensión de normas, de disfrute con nuevos estímulos, le ha venido genial. No sé si todos los niños lo disfrutarán tanto mientras aprenden en este entorno, pero para nosotros ha sido un gran avance dar el paso.

  • Ohanarasuis

    Nosotros lo llevamos a la guarde a los 15 meses y desde hacia un mes ya ibamos al CDIAP por lo que les sorprendió bastante que lo detectaramos antes nosotros que la guarderia, tal.como te pasó a ti. A dos pediatras tuvimos que ir porque decian que ya miraria, que ya hablaria que ya… todo. Luego a una neuropediatra y despues de esta, hubo por fin quien nos dijera que le pasaba a nuestro hijo. Hasta 3 puertas tuvimos que llamar, y no hay derecho. Y si nos hubieramos fiado de los pediatras, a dia de hoy como estaria sin atencion temprana? Pero la intuicion de una madre vale mas que una visita de 10 minutos del mejor pediatra del mundo. A dia de hoy nos dicen que suerte que lo detectamos con 13 meses y no con 2 o 3 años como hacen muchos. Y suerte digo, porque la atencion tenprana, cuanto mas temprana mejor. Va 3 dias a la semana, mas guarderia ( que como tu, yo pensaba lo mismo de las guardes y lo queria tener conmigo hasta la edad de escolarizacion, pero le ha ido estupendamente bien estos 2 años de guarde) A dia de hoy irá al colegio convencional y estamos muy contentos con todo lo que hemos conseguido, muchisimo a mi parecer.

    • mihijocontea

      Nuestro pediatra nos sigue diciendo que no lo ve muy autista, en fin, pero excepto por esto nos encanta como profesional, así es que haremos la vista gorda en este tema. Definitivamente confiamos en la atención temprana, porque aunque la nuestra está siendo muy deficiente, al menos nos sirvió para poner en marcha todos los mecanismos de forma precoz, cuando como dices, incluso hasta los 4-5 años es normal que le den largas al asunto y que haya una confianza excesiva en que ya lo hará todo a su debido tiempo. Me alegro de que veáis tantos progresos y de que empiece ya en el colegio con una buena experiencia previa en la guardería. Espero que a nosotros también nos resulte de utilidad estos primeros meses de escuela infantil para cuando toque el cambio al colegio. Muchas gracias por compartir tu experiencia.

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