Colegio inclusivo ¿y el comedor
Educación

Colegio inclusivo ¿y el comedor?

Cuando publico esto, mi hijo lleva ya casi 2 meses más que adaptado a su nuevo colegio. Si el periodo de adaptación a la escuela infantil fue de lo más corriente y fácil, el del colegio ha sido sorprendentemente sencillo. Ni llantos, ni una negativa a asistir, cada día va corriendo, feliz y se resiste a salir de clase cuando vamos a buscarlo. 3 días lo acompañamos durante hora y media, como al resto de los niños. Al cuarto lo dejamos solo su hora y media reglamentaria y al quinto hizo su media jornada completa sin ningún problema. Él súper contento, su maestra súper sorprendida con su comportamiento, quitándonos preocupaciones cuando insisto en preguntar acerca de los quebraderos de cabeza que le pueda dar, así es que todo transcurre mucho mejor de lo imaginado. Cuando buscamos este colegio para su hermana, precisamente lo elegimos por la forma que siempre han tenido de funcionar como una comunidad de aprendizaje en la que se respetan los ritmos propios de cada niño, sean neurotípicos o atípicos. Sin embargo, hay un fleco que no tuvimos en cuenta y es que el colegio puede ser muy inclusivo pero ¿cómo es la empresa externa que gestiona el comedor?

Este niño ¿va a ser siempre así?

Antes de empezar ya avisamos a la coordinadora del comedor de las peculiaridades de mi criatura: que lo mismo pasa por una fase en la que resulta ser un comedor selectivo, que devora lo suyo y lo del que tenga al lado. Sin embargo, desde el confinamiento su dieta es cada vez más escasa, e incluso puede pasarse hasta 2 días sin comer nada más allá de pan seco, frutas y teta (a este ritmo no se destetará jamás, pero al menos algún nutriente extra le estará llegando) para luego volver a los platos habituales como si nada hubiera pasado. Ya les comenté que debían ofrecerle lo mismo que a los otros niños, que no le obligaran a comer en ningún caso, y que no sufrieran si ni se dignaba a probar la comida. La coordinadora del comedor sufría ante esta situación y me preguntó si debería dejar de ofrecerle comida y si yo creía que sería así durante todo el curso. Aquí noté que pese a ser un colegio inclusivo, el comedor iba por otros derroteros porque ¿verdad que al resto de niños de 3 años que se niegan a comer (que son muchísimos), no dejan de ponerle su plato e intentar motivarlos un poco cada día? Pues al mío, por muy autista que sea, lo mismo. Un día puede aceptar unos macarrones, en un mes un pescado, pero si no le damos ni la oportunidad, desde luego que no comerá nada. También descartamos, tanto en casa como en el colegio, ofrecerle solo aquello que le gusta comer, porque si no no habrá manera de que acepte nada nuevo de lo que debe comer por su salud. Durante el primer mes, el boletín informativo del comedor me llegaba con avisos de que no había probado ni el primer ni el segundo plato, pero sí se comía por completo el pan y la fruta del postre. Lo esperado, vamos.

Colegio inclusivo que respeta los ritmos pero ¡que todos los niños duerman la siesta!

El confinamiento también se llevó por delante las ganas de dormir la siesta de mi criatura. En todo el verano, alguna ha echado, pero las podríamos contar con los dedos de una mano. Así es que de nuevo avisé al comedor acerca de que mi hijo no duerme siestas. Bien, pues el primer día, una hora después de haber empezado el turno de la comida escolar, me llamó la coordinadora para alertarme acerca de que el niño no quería dormir. Solo quería estar en el patio y ella no tenía personal para seguirle el ritmo. En años anteriores, lo hubiera dejado a cargo de otra monitora de niños algo mayores, de los que ya no duermen siesta, pero a causa de los grupos burbuja por el coronavirus, esta opción ya no era viable y debía quedarse en el dormitorio, a oscuras y tumbado mientras los otros dormían. Supuestamente. También me contó que se había puesto a llorar al meterlo en la penumbra, donde otros compañeros tampoco dormían y también lloraban. Quise saber si había llamado al resto de padres de niños llorones e insomnes, y me dijo que no, que yo era la primera porque igual el autismo del niño era lo que había causado su estado (el mismo exactamente que el de los demás el primer día de comedor) y de nuevo la pregunta: ¿Esto de no dormir la siesta va a ser siempre así? No le dije lo que realmente pensaba, simplemente que le buscara un entretenimiento tanto para no tener que correr detrás de él por el patio, como para que no molestara el supuesto sueño de los otros niños. Al momento me mandó una foto de mi mochuelo sentado con unos puzles en la puerta del dormitorio, sin dar trabajo extra a nadie. En fin, que de nuevo no todo es culpa del autismo, pero tenemos mucha facilidad para achacarle todos los contratiempos de este mundo. El resto de niños seguía llorando y sin querer dormir en la misma sala. Casi les desearía una plaza de necesidades especiales para que pudieran jugar durante ese rato como el mío.

Un mes después en el comedor…

Se habían acabado todos esos supuestos problemas. Incluso algún día ha dormido la siesta, o al menos ha estado tumbado y despierto en un ambiente relajado, y ha probado algunas cosas del menú, sin haberlo devorado por completo. Conocimos a la monitora que se ocupa expresamente de su grupo, una señora francamente motivada con el niño, que nos habló de sus progresos. Al final, han comprobado por sí mismas que temían unas reacciones y unas consecuencias que no se han dado, simplemente por el desconocimiento hacia el autismo y por sus ideas preconcebidas respecto a lo que implica la vida en el espectro. Él va feliz al colegio y no reniega de ninguna de las actividades que realiza allí, entre las que se incluye el comedor a diario, por lo que simplemente merecía un pequeño voto de confianza, un leve conocimiento de sus peculiaridades, y algunos días extra de margen para adaptarse a las normas del nuevo entorno.

¿El comedor escolar se ha convertido en una tortura por la diversidad de vuestros hijos? ¿Han sabido atender sus necesidades o han tratado de excluirlo desde el primer momento?

One Comment

  • jarvida3

    Pues el tema comedor es una pesadilla, mi hijo no ha probado nunca bocado desde que ha comenzado el colegio… desde el confinamiento que el tema comida se ha vuelto de mal en peor… cada día le huelo el aliento a acetona (de ayunas) y devora en casa los biberones, palitos de pan, todo lo que sea crujiente y fino porque no sabe masticar muy bien… me tiene desesperada. Ahora empiezo un curso sobre alimentación en niños con TEA a ver si me ayuda…ya que en ninguna terapia lo tratan… no sé que pasa en este país que ni las escuelas son realmente inclusivas ni las terapias tratan lo que tienen que tratar,que en su caso es tema de rigidez extrema y problemas sensoriales

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